Trayectoria del cine nacional
La década de 1990 trae cambios importantes para la actividad cinematográfica.
El fracaso del desarrollismo nacionalista y el llamado fin de las utopías tras la caída del Muro de Berlín dan lugar al avance del proyecto neoliberal. La crisis económica y social se agudiza, mientras la cultura se enfrenta a la globalización por efecto del predominio de los medios de comunicación. Aparece entonces una generación de cineastas alejada del realismo social y los ideales nacionalistas de los ochenta. Estos realizadores, a diferencia de la generación precedente, tienen una formación académica y otorgan mayor importancia a los aspectos formales del lenguaje fílmico y a la factura técnica de la obra. Debe subrayarse la primera promoción proveniente de la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba): Carlos Naranjo, Tania Hermida, Diego Falconí, Fernando Mieles y Alan Coronel. Aellos se suma un buen número de realizadores que cursan estudios en Europa y Estados Unidos. Entre otros: Sebastián Cordero, Miguel Alvear, Juan Martín Cueva, Yanara Guayasamín, León Felipe Troya y los hermanos Wilson y Sandino Burbano. Estos realizadores introducen una diversificación temática en el cine nacional y tienen como derrotero común el tratamiento de la crisis de la identidad individual y colectiva. Su trabajo abre las puertas a una tercera generación que empieza a producir obras a partir del año 2000. Este novísimo grupo de realizadores es denominado por Gabriela Alemán como el Joven Cine Ecuatoriano.
Desde mediados de los años noventa, la actividad cinematográfica se encuentra determinada por las nuevas condiciones tecnológicas y de exhibición. Gracias a la introducción del formato digital y el consecuente abaratamiento de costos de producción cambia definitivamente el panorama del cine nacional, signado por la falta de recursos. Esta tecnología precipita un boom de cortometrajes y permite la realización de varios largometrajes, entre ellos: Alegría de una vez de Mateo Herrera (2000), Maldita sea de Adolfo Macías (2001), Fuera de juego de Víctor Arregui (2003), Cara o cruz de Camilo Luzuriaga (2003) y Jaque de Mateo Herrera (2005). Por otro lado, a partir de 1996, se produce una recomposición de circuito de exhibición como efecto de la apertura de las primeras cadenas de multisalas. Este fenómeno genera el interés de muchos directores por la exhibición comercial de sus obras. En el campo institucional, la pérdida de representatividad de Asocine y Cinemateca Nacional, dan lugar a la generación de nuevos espacios para la discusión y exhibición de las producciones emergentes. Aparece la Fundación Cinememoria, la sala Ocho y Medio, y se crean el Festival Internacional de Cine de Cuenca, el Festival Documental Encuentros del Otro Cine (EDOC) y el Festival de Cine Iberoamericano Cero Latitud. Finalmente en 2006, cuando el neoliberalismo se bate en retirada, por gestión de distintos sectores políticos, gremiales y profesionales se aprueba la Ley de Fomento del Cine Nacional. Esta Ley crea el Consejo Nacional de Cinematografía y regula la asignación de fondos estatales para el desarrollo del cine.

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